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Alfredo Gutiérrez suena su acordeón

Alfredo Gutiérrez habla como canta. Es de los pocos artistas de la música popular que ha logrado mantenerse vigente luego de más de medio siglo de historia. En dos horas, compartió algunos recuerdos y visiones de su música, degustó la comida tradicional de La Cocina de Pepina en Cartagena, pidió una buena porción de pataciones, alabó el postre de ahuyama e hizo lo inesperado cuando le propusimos que caminara para una imagen fotográfica. Fue a buscar el acordeón, un regalo que le hicieron a la alcaldesa de Cartagena, Judith Pinedo. Y tocó en plena calle bajo el cielo de Cartagena.
En menos de tres minutos, los transeúntes detuvieron su rumbo para presenciar el prodigio del juglar que les regaló fragmentos de canciones como Festival en Guararé, Ojos indios, Anhelos. “Increíble”, dijo uno de los absortos transeúntes: “A Alfredo no le pasan los años”, ¿Qué es lo que estás comiendo? Alfredo lo dijo a gritos, como un muchacho que ha cumplido dos veces 33 años: “Me levanto temprano, a las 5 de la mañana a hacer el amor. ¡Eso sí es vida!”.

El juglar vallenato Alfredo Gutiérrez, el gran homenajeado del II Festival La Hamaca Grande, que empieza el jueves en Cartagena, se paseó ayer por las calles del Centro Histórico acompañado por Adolfo Pacheco, y hasta tocó para los transeúntes.

El Universal sostuvo este diálogo con el artista homenajeado del II Festival de la Hamaca Grande:

¿En medio siglo de vida artística, qué cree usted que se ha mantenido en toda su obra musical?
—La música es como el agua. Si se estanca, se acaba. Para mí una canción es clásica cuando resiste el paso del tiempo, mínimo, 25 años. Es un error hablar de una canción clásica que haya sido compuesta hace cinco años. Creo que lo que se ha mantenido en estos cincuenta años, es mi gusto por cantar, tocar el acordeón, componer, se conserva intacto en todo este tiempo y en el espacio, mi pasión por la música sabanera y vallenata, y por supuesto, mi amor por las mujeres. En mi nuevo albúm “Mi historia musical”, que lanzará Codiscos, se recogen 100 clásicos de Alfredo Gutiérrez y 5 nuevas canciones.

¿Qué cree que hemos aprendido musicalmente los sabaneros de los vallenatos?
—Una de las cosas que hemos aprendido es hacer letras muy narrativas, que en ese ncia, es una de las grandes virtudes del Vallenato. Pero entre sabaneros y vallenatos ha habido influencias mutuas que han enriquecido toda la música de acordeón. El son, por ejemplo, adoptado del Bajo Magdalena, es más sabanero que de Valledupar. Mucha de la música que hoy se considera vallenata es de la Guajira, pero Valledupar le dio status y la valorizó. Un bien enorme que le hizo Rafael Escalona a la música Vallenata, fue precisamente hacer sonar el Vallenato dentro y fuera de la región. Su papel de relacionista público fue trascendente. Eso nos faltó a los sabaneros que hemos creado una escuela musical con más variedad de ritmos y matices: el paseaíto, el porro, la guaracha, el pasebol, etc. Allí están Rubén Darío Salcedo, Lisandro Meza, Julio de la Ossa, Andrés Landero, Adolfo Pacheco, entre otros. No nos vieron como amigos musicales sino como enemigos, con un celo regional, y lo insólito es que los ídolos vallenatos no están grabando Vallenatos sino canciones sabaneras. Nos hizo falta el regionalismo que han tenido los Vallenatos. La difunta Consuelo Araújo, que era muy regionalista, veía en Adolfo Pacheco y en mí, una fortaleza sabanera y se resistía a aceptarnos en el formato Vallenato. Aún su espíritu quedó allí en el Festival de la Leyenda Vallenata.

¿Cuál cree que es el mayor peligro y la mayor virtud de fusionar la música de acordeón con otros ritmos?
—Bueno, ya usted lo dijo: lo peor de la fusión es la confusión. Lo que hicimos nosotros en Los Corraleros de Majagual fue fusionar, sin alterar la raíz musical. Mire, antes de mí, la música de acordeón era como una campesina hermosa pero mal vestida. Si a esa campesina bonita le quitas los sentimientos que es como la raíz musical y le dejas solo el vestido, la desvirtúas, No queda nada de ella. Creo que con un sello personal y sin salirme de la raíz musical, logramos canciones como Anhelos o Los novios. Recuerde que una de las canciones que más recuerdan de Luis Enrique Martínez no es un Vallenato sino una cumbia: la mundialmente conocida “Cumbia cienaguera”.

¿Qué piensa de la nueva ola de la música de acordeón?
—Creo que hay una mescolanza que también proviene de la música de las sabanas: en la música de acordeón además de Vallenato, se mezcla también el porro, la cumbia y el paseo. Hay letras que quieren ser románticas pero son lloriqueos a la mujer. No todo es fusión en la nueva generación que se levanta escuchando reggaetones o salsa erótica vulgar.

¿Ha vuelto a su casa natal en las Sabanas de Beltrán?
—Claro que he vuelto. La casa de la infancia se mantiene y allí vive mi hermana. Pero hay pueblos de mi departamento al que no he tocado jamás: a San Pedro, por ejemplo, en donde me están invitando por estos días, y Sincé. ¿Es que allá en Sincé son zuletistas o betistas?

En usted, lo Vallenato y Sabanero se entremezclan: logra ser grande en diversos géneros y formatos musicales.
—Mire, la mitad de mi sangre es Vallenata porque mi padre, Alfredo Enrique Gutiérrez Acosta, era de La Paz (Cesar), y la otra mitad es de las sabanas de Sucre. Pero no empecé en el Vallenato sino en el porro y en la cumbia. En el mundo nos empezaron a reconocer por el porro, gracias al Negro Meyer, y por las cumbias. Bueno, tengo esas dos cercanías en mi sangre con el Valle de Upar y con las Sabanas del Bolívar Grande. Los Gutiérrez están entrelazados con cuatro familias allá: los López, los Araújo, los Oñate y los Zuleta. Mi padre conoció a mi madre Dioselina Vital Almanza en una rueda de la cumbia, la conquistó con música, vivieron toda la vida, nunca se casaron y los separó la muerte. Eso sí eran amores. De ese amor nacieron 5 hembras y dos varones. Yo nací nueve meses después de ese encuentro en la cumbiamba.

***

El juglar saludó en la calle a un viejo que llevaba una gorra y a él se le pareció al difunto Chita Miranda. Detuvo el paso de las mujeres bellas con versos amorosos y notas de acordeón. Dijo que no había duda de que “Cartagena es la ciudad más bella de este país”. Expresó su admiración por la manera original de responder del poeta Jorge Luis Borges, a quien leyó en estos días en un especial de un suplemento literario. Dijo “no soy muy partidario de la poesía sin métrica ni rima, porque se despoja de una música que para mí es especial”. Mientras Alfredo Gutiérrez valoraba el ingenio de Joaquín Sabina o el ingenio del poeta popular Julio Flórez, el juglar Adolfo Pacheco elogiaba a Luis Carlos López y Federico García Lorca. Levantó su acordeón hacia los balcones llenos de curiosos que lo aplaudían. “No dejen de hacer el amor a las cinco de la mañana”, fue el consejo que dio antes de partir

GUSTAVO TATIS GUERRA, El Universal – Cartagena

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3 Comentarios

  1. increible, que del mas grande acordeonero vivo nadie haya escrito una palabra en este espacio, fuera de los acordeoneritos de ahora estuviera plagado de comentarios… asi es la vida el displante esta de moda, como decia mi abuelo

  2. el es es mas grande de todos

  3. Hola a todos ustedes, esta página me gusta mucho, me gustaría saber si alguno de ustedes me pueden colaborar en enviarme la letra y la música de la canción Serenata de Bolívar. Hace años que la estoy buscando y no la he encontrado.

    Esta canción es muy bonita, la quiero aprender a tocar y por ello pido al que lea este mensaje y que la tenga que me ayude y me la envíe via e-mail.
    MIL GRACIAS A TODOS Y HASTA PRONTO.

    CARMEN ALFONSO