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Leandro Díaz, la vida musical de un ciego

Leandro Díaz a sus veinte años de edad jamás había escuchado una canción. Lo hizo después de que abandonó el corregimiento Lagunitas de la Sierra, Guajira, donde nació. Bajó de allí con la complicidad de un primo, y así conoció el vallenato. Ese fue el nacimiento de un juglar. Pese a que es ciego de nacimiento compuso más de 200 canciones, con los versos que se ensamblaron en su memoria. Aprendió a tocar la guacharaca y la dulzaina, y pasó de recibir propinas en la calle a convertirse en una celebridad del folclor vallenato con una de sus canciones emblemáticas, Matilde Lina. Ahora, una diligencia sencilla le puede tomar hasta cuatro horas por el asedió de sus fanáticos. A sus 83 años, el Festival de la Leyenda Vallenata le hace un homenaje a un hombre que no volverá a nacer, ni se repetirá en su dinastía.

El juglar define su llegada a la música como un milagro, porque durante su adolescencia sólo conoció el canto de los pájaros y el bramar del ganado. Pero su destino se lo dejó a una premonición. Sin saber si acertaría, Leandro Díaz le obedeció a la voz que escuchó en un sueño y que le dijo que ya había cumplido su ciclo en la Sierra. Desde ese momento conoció las melodías musicales y la parranda, cambió la lluvia como motivo de su inspiración por las mujeres. Aprendió a parrandear, pero no fue bailador y cantó por primera vez en las orillas del río Tocaimo. Además, se alejó de sus papás y sus más de doce hermanos, que lo discriminaron, porque su condición lo convirtió en un inútil para las tareas de la finca donde creció.


Leandro Díaz recibió de manos del presidente Santos un reconocimiento en la inauguración del Festival Vallenato 2011

La primera canción que compuso se llama La loba ceniza y lo hizo con sus mejores herramientas: la concentración y la memoria. Allí almacena todas sus letras, versos, composiciones y las voces de las mujeres. Nunca olvida una. Sus canciones vallenatas favoritas son A mi no me consuela nadie, de su autoría y El viejo Miguel.

Desde hace seis años, Leandro Díaz sólo se viste de blanco. No tuvo maestros, y no siempre fue vallenato. En sus inicios también interpretó boleros, tangos y rancheras, de allí su canción favorita Allá en el rancho grande. En ocasiones, estas interpretaciones no le trajeron aplausos. La mamá de una vecina lo insultó porque creyó que trataba de conquistar a su hija con las canciones mexicanas.

Cuando asegura que “el ciego poco se imagina” pareciera que miente, porque sus letras dicen todo lo contrario. Además, describe el acordeón como un aparato pequeño, con muchas teclas o botones que se oprimen con los dedos. Pero el verdadero significado que tiene para él es que el instrumento es la vida de un pueblo.

El maestro, que esta semana será homenajeado, madrugará un poco más, pero como todos los días hará una oración, desayunará café, jugo y arepa con carne y queso. Se pondrá uno de sus seis pares de zapatos blancos y no se soltará del brazo de Ivo, el único de sus hijos que heredó su talento y que prefiere decirle maestro que papá. En ocasiones especiales se visten igual, y con el tiempo él se ha convertido en sus oídos, en su interlocutor, porque a Leandro los años le han arrebatado de a poco su única inspiración.


Leandro Díaz abraza a Rafael Escalona

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Un comentario

  1. lo digo y lo sostengo para mi este es el mejor compositor que ha parido nuestro folclor por encima del mismo rafael escalona que DIOS lo tenga en la gloria asi mucho no esten de acuerdo conmigo