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La maldición de los juglares vallenatos

Parte importante de la historia del Vallenato, como género musical, la constituyen esas personas que desde los inicios mismos de este ritmo, marcaron los surcos que siguen las nuevas generaciones. Estos juglares, aunque fueron los verdaderos progenitores de una forma de vida que hoy mueve toda una industria, aseguran que se sienten amenazados por el fantasma del olvido y que muchos de ellos no cuentan con una vida digna.

Para conocer la verdad sobre la situación actual de estas leyendas vivas, el diario El Pilón se entrevistó con Nafer Durán, Ovidio Granados y Alberto ‘Beto’ Rada; tres artistas de cuna humilde que hicieron su invaluable aporte a lo que hoy se conoce como música vallenata.

La buena suerte de Durán

El primero de ellos, Nafer Durán, Rey del Festival Vallenato en 1976. Este acordeonero y compositor,  es hermano de Alejandro Durán Díaz uno de los hombres más representativos en la historia de este género.

Este músico, que nació en el Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932. Es considerado por los que saben de vallenato, como el mejor intérprete que tiene esta música en el tono menor; el adorno y la maestría con que lo maneja lo hace insuperable en su estilo. Tal como el mismo lo dice, al igual que su hermano, es de extracción campesina y su talento, además de arte musical, lo devenga del jornal diario cuando trabajaba en haciendas cercanas.

Para Durán, su música se caracteriza por mantener y preservar un estilo limpio y alejado de los vicios de la distorsión comercial. Con eso defiende sus orígenes y asegura que no tiene nada en contra de la música moderna, simplemente le parece que, para los nuevos artistas, el dinero parece más importante que el arte de las bunas melodías.

A pesar de que Nafer Durán fue el primer acompañante que llevó Diomedes Díaz a una grabación musical, hoy en día asegura que económicamente vive medido y sin ninguna clase de lujos. Con una pensión que le asignó Sayco, que no supera los 500 mil pesos, y algunas regalías que recibe cada 6 meses por temas como  Sin Ti, El Deo Chiquito, o Déjala Vení,  canciones que se destacan de su obra musical y que aún son comercializadas.

Aunque acepta que él contó con mucha suerte, también asegura que hay colegas de su época que no tienen donde pasar sus últimos días. Por eso agradece que la gobernación del Cesar le diera una casa, en la que vive con su familia y comparte con sus hijos y nietos.
Con la fuerza que lo caracteriza, este músico de 81 años, aun hace presentaciones en parrandas de amigos y desconocidos que lo contratan y disfrutan de sus acordes e historias.

“A pesar de mi edad tengo que seguir trabajando. La plata de la pensión no me alcanza… imagínese, yo tengo 12 hijos, por suerte algunos son profesionales y sé que no me dejarán solo” Aseguró Durán y dijo que estaba preocupado por aquellos colegas que corrieron con la misma suerte que él.

En el taller del viejo ‘Villo’

En medio de su taller de acordeones, situado en la parte de atrás del patio de su casa, el maestro cuenta que es uno de los artistas que más tiene que agradecerle a su música. Ovidio Enrique Granados ‘el viejo Villo’,  se define como hijo y nieto de músicos; humildes, vaqueros que dieron sus días al trabajo de campo y sus noches a las parrandas, el ron, las mujeres y el vallenato.

Al igual que su padre, nació en Mariangola, un pequeño corregimiento de Valledupar que ha dado varias familias de músicos. Fue allí donde aprendió a tocar el acordeón a escondidas, tal como pasó con la mayoría de los juglares.

Cuando se le habla de la música como profesión, este maestro y artesano del acordeón, demuestra un gran agradecimiento, porque ella lo hizo ser lo que hoy es. No obstante asegura que no es fácil vivir de melodías.

A pesar de su edad, Granados continúa trabajando como afinador de acordeones y agradece el respaldo de sus hijos.

“Yo no cuento con ninguna pensión, ni ayuda de ninguna clase; lo que gano es por mi trabajo con los acordeones y por algunas regalías que recibo de algunas canciones mías” destacó el juglar y agregó que, parte de esa pérdida de beneficios,  se debe a que los músicos de antes no estudiaban, solo vivían y se dejaban llevar por el momento.

“No sabía leer, fue Hernandito Molina, el esposo de Consuelo, quien me enseñó, él me instruyó. Un día en la finca donde yo me crié, Hernandito salió a tomar agua y me dijo, ¿usted sabe cómo se hace su nombre? Yo le dije que no, entonces él me enseñó a escribir mi nombre. Después yo solo pasé la cartilla Charry”, dijo el  maestro y señaló que aunque la música le ha dado todo lo que tiene, siente que no es una profesión lucrativa o de lujos que le permita retirarse y vivir de sus ahorros.

‘Beto’ Rada y el olvido de la Fundación

Conocido como el acordeonero más perseverante en el Festival de la Leyenda Vallenata. Nació el 18 de agosto de 1941 en El Difícil, municipio del Magdalena. Ocupó 7 veces el segundo puesto profesional, 7 veces el tercero profesional, fue Rey de la desaparecida categoría Semiprofesional y, en su decimosexta participación,  alcanzó la máxima corona en 1993. Es hijo del Rey Vitalicio, Francisco «Pacho» Rada (de la Dinastía Rada) y de María Ospino Ospino.

Este acordeonero, que agradece a Sayco por la pensión que le consiguió por 500 mil pesos, asegura que el verdadero verdugo de los Juglares es la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata. Según el juglar, le parece inaudito que paguen millones a artistas que no representan este género de música y que a ellos los condenen al olvido.

Según Rada, con todo lo que hizo por la historia del vallenato y su festival, le parece desagradecido que no se acuerden de los músicos que marcaron la trilla que hoy siguen las nuevas generaciones.

“No pido que me regalen nada, pero la organización del festival se olvida de nosotros, no nos contrata y eso que nosotros aun tenemos nuestros seguidores” señaló el maestro Rada.

A pesar de su queja, el juglar dice que entiende como funciona el vallenato y lo compara con la moda, “la ropa que se está usando es más cara que la que no” con eso, el músico dice que aún a sus 75 años sigue tocando y haciendo parrandas contratadas: “lo hago porque me gusta y porque 500 mil pesos que me da Sayco no me alcanzan para vivir”.

En relación con su profesión, este artista agradece la buena relación que tiene con sus hijos y asegura que gracias a ellos vive como vive hoy. “Si no fuera por mis hijos, yo tampoco tuviera nada, la música es parte de mi historia, quizás la mas importante, pero económicamente no me ha dado grandes lujos” destacó.

Mientras enseñaba sus trofeos, Rada señaló que los recuerdos son el verdadero capital que atesora un músico. Por eso dice que lamentablemente, la mayoría de juglares pasan por una situación, que él define como precaria, y cita el caso de Chema Ramos y el del mismo Nafer Durán; de quienes asegura, que tienen la maldición del músico: en sus bolsillos hay muy poco para todo lo que le han dado al folclore.

El Pilón   

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