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El embajador de Estados Unidos que se enamoró del vallenato

Michael McKinley está acostumbrado a empacar. Su trabajo de diplomático suele llevarlo de un lugar a otro. Sin embargo, pocas veces se ha visto en tantos problemas para cerrar sus maletas como la semana pasada.

Después de tres años, McKinley dejó su cargo de embajador de Estados Unidos en Colombia, tres años durante los cuales este diplomático –que nació en Venezuela y creció entre Brasil, México y Estados Unidos– no solo acumuló afectos, sino muchos objetos, que terminó queriendo tanto que le fue imposible dejar. Entre ellos, la camiseta de Millonarios, el equipo del que se volvió hincha (fue una decena de veces a gritar sus goles al estadio El Campín) y las novelas de Álvaro Mutis y Germán Espinosa.

Claro. Sin contar las obras de arte que compró y que fueron muchas menos de las que hubiera querido. “Porque soy un funcionario de gobierno y la fortuna individual no existe”, dice McKinley con esa sonrisa que conquistó a tantos amigos en el país. Su esposa, la boliviana Fátima Salce, es de los dos la más aficionada al arte plástico. De manera que los cuadros no se iban a quedar. “Al lugar que vamos llevamos nuestra colección”, dice ella.

Desde que llegaron a Bogotá, en septiembre del 2010, McKinley y su esposa le pusieron las condiciones a su equipo de seguridad: no iban a vivir encerrados en la residencia de la embajada, ni sometidos a un esquema que los obligara a programar sus actividades con demasiada antelación.

“No queríamos vivir así, sino disfrutar la ciudad”, afirman. Ese ha sido un sello de esta pareja, casada desde hace 30 años. Lo mismo hicieron cuando la misión diplomática los llevó a Mozambique y a Uganda. “Dijimos: si nos vamos a África, vamos a vivir como los africanos”, recuerda Fátima. Igual en Colombia.

Por eso se los veía en cine casi cada fin de semana (Cinemanía era su lugar preferido), o en un centro comercial, o caminando en la ciclovía, o en la Feria del Libro, o sentados en un restaurante disfrutando el plato colombiano preferido del embajador: la bandeja paisa.

“Como diplomático, uno sabe que cambia de casa cada tantos años. Por eso hay que aprender a vivir el momento. Fátima y yo somos muy intensos en ese aspecto: si estamos en un lugar, no existe ni pasado ni futuro. Solo el ahora. Y si la gente nos abre sus puertas, tratamos de integrarnos y de disfrutar lo más posible”, dice.

Muchas puertas se abrieron para ellos en el país. La simpatía de ambos ayudó, además de su especial interés en la vida cultural. “No tengo duda de que Michael McKinley es el embajador que mejor se ha integrado al mundo colombiano. Lo vamos a echar de menos”, sostiene el pintor David Manzur. Como él, músicos, escritores y pintores conocieron al diplomático y a su esposa y se volvieron sus amigos.

Los dos visitaban con frecuencia los talleres de artistas consagrados como Manzur (estuvieron en su estudio de Barichara), Armando Villegas y Ana Mercedes Hoyos. Pero no se quedaban solo con los nombres conocidos. También caminaban por los mercados de las pulgas del centro y de Usaquén en busca de arte callejero. Durante esos recorridos no desplegaban su habitual esquema de escoltas. “Ahora lo puedo decir, porque no queda tiempo para seguir yendo: al mercado de las pulgas íbamos solos –cuenta McKinley–. Salíamos a mirar,  a andar. Era lo que nos gustaba.”
Además del arte (entre sus cosas se llevan, por cierto, una obra del joven artista Vianey), también disfrutaron los restaurantes. Si bien en la residencia de la embajada tenían cocineros que les preparaban ajiaco, puchero o bandeja paisa cada vez que al embajador se le antojaban, la pareja solía visitar con frecuencia restaurantes bogotanos. “Terminé conociendo decenas de ellos. Todos me encantan”, dice McKinley sin comprometerse con nombres. Diplomático.

La verdad es que iban a La Mar, La Brasserie, Leo Cocina y Cava y los restaurantes de Harry Sasson. “El embajador llegaba aquí con un amigo y se sentaba en la barra a tomarse un vino, tranquilo –afirma Sasson–. Es una gran persona, nada exigente con la etiqueta. Un tipo querido de carne y hueso”

No solo McKinley y su esposa terminaron por aficionarse a la gastronomía colombiana, sino sus hijos. Durante el año que Peter, su hijo mayor, vivió en Bogotá y estudió en la Universidad de los Andes, visitaba a diario los restaurantes de La Candelaria. “Nadie lo sacaba de Sopas de mi Abuela y de los huequitos al lado de la catedral donde sirven costilla de res”, cuenta su padre.

Y cuando se trataba de tomarse unos tragos y bailar (otra de las aficiones de la pareja), McKinley y Fátima elegían Gaira. Fueron decenas de veces. Llegaban pasadas las diez de la noche y pedían carimañolas y chicharrones. Disfrutaban de la música, pero, sobre todo, del hecho de no ser reconocidos como embajador y señora. “Allá éramos unos comensales más”, dicen. Bailaban, ella mejor que él. “En estos tres años he bailado mucho vallenato agrega McKinley–. Pero eso no quiere decir que lo haga bien. Sigo siendo americano, así que el desafío con el baile es grande.”

El gusto por esta música los llevó este año al Festival Vallenato en Valledupar. No llegaron como turistas, entre otras cosas porque estaban entre amigos. Ya conocían a Peter Manjarrés, a Gusi y Beto, a Wílber Mendoza, a Iván Villazón, entre otros artistas del género. “Nos habían recomendado que fuéramos a las fiestas privadas y, en efecto, lo hicimos, pero lo que más disfrutamos fue estar en la plaza central de Valledupar y verla llena de gente escuchando música. Fue encantador”, afirman.

A varios de estos artistas vallenatos los conocieron por las obras sociales a las que Fátima McKinley se dedicaba y en las que ellos colaboraban con actuaciones. Con jóvenes de estas fundaciones, precisamente, los McKinley iban a El Campín a ver partidos de Millonarios. “Mira, es muy sencillo. Yo soy fanático del fútbol y en cada país donde estoy –si es posible– busco un equipo al cual apoyar”, responde McKinley cuando le preguntamos por el origen de esta afición azul. “A Millonarios lo conozco desde antes de llegar a Colombia como embajador, desde la época en que, por razones controvertidas, equipos colombianos ganaban trofeos. También sabía de su época dorada, con Di Stéfano, y su gran victoria sobre el Real Madrid. Todo eso me animó. Cuando llegué, dije: por ahí es”, dice.

Todo esto sin contar que a McKinley le pasa algo especial con los equipos de camisetas azules o con algún matiz azul. De esto se dio cuenta la semana pasada, cuando empacó sus cosas y se encontró con que las tres últimas camisetas que ha guardado –la del Anderlecht belga, el Alianza peruano (países donde también estuvo en misión diplomática) y Millos– tienen esos tonos.

–Usted habla de la antigua victoria de Millonarios sobre el Madrid. Pero ¿vio el partido reciente, el del 8-0?

–No pude. Estaba en una reunión de trabajo.

–¿Cómo le pareció?

–Esas cosas pasan.

McKinley y Fátima solían hacer reuniones en su residencia que se volvieron famosas por su buena música, su buen menú y su ambiente animado. “Aquí llegamos a crear amistades, que van a ser para toda la vida”, dice la pareja. Por eso están seguros de que van a volver.

Por eso y porque esperan venir a recoger a Pisco, el pekinés de tres años y medio que trajeron de Perú y que no pudieron llevarse a Afganistán –su nuevo hogar– porque allá no aceptan mascotas. “No quisimos dejarlo en un hogar impersonal, sino donde le tuvieran cariño”, termina McKinley. Así que, por ahora, Pisco sigue ladrando en la residencia diplomática. A la espera de que su amo regrese por él.

María Paulina Ortíz
El Tiempo

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