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Barranquilla le sigue siendo fiel al «Silvestrismo del alma»

El silvestrismo llegó dispuesto, ‘armado’ para la batalla con camisetas, gorras y hasta banderas rojas. Las filas, de aproximadamente una hora de duración hasta el ingreso, transcurrieron en orden. Una vez adentro del Romelio Martínez, acondicionado con una zona de palcos más grande de lo habitual, la localidad de platino (justo detrás de palcos) y las graderías lucían abarrotadas, llenas también con camuflados y el monograma ‘9B’.

La expectativa por escuchar a Silvestre Dangond entonar los temas de «La Novena Batalla», su trabajo más reciente, estaba en el ambiente, en los cantantes improvisados. Desde las 7 p.m. comenzó a ingresar el público al Romelio, que a eso de las 10 de la noche ya había colmado su capacidad. En tarima, Élder Díaz comenzó a prender la noche, y a esa tanda le siguió la del Churo Díaz (cuyo exacordeonista es Lucas Dangond, que ahora toca con Silvestre), quien aprovechó la oportunidad de presentar a su nuevo compañero de fórmula: Elías Mendoza.

Aunque los temas del Churo fueron coreados por buena parte de los asistentes, la espera por la estrella central generaba ansias en el público, que gritaba “Silvestre, Silvestre” como queriendo acelerar el momento cumbre del concierto.

Solo hasta las 12:45 de la madrugada, cuando la mayoría de los fanáticos llevaba más de cuatro horas de espera, apareció el Hijo de Urumita, elevado sobre una plataforma, vestido de negro de pies a cabeza, literalmente, pues el ‘mono pintao’ desapareció de su look. Con «El original» comenzó su repertorio, seguido de «La cosita».

“Empecé cantando dos canciones viejas porque las canciones nuevas son 12. Si las tiro de una, quedo viendo un chispero”. Así explicó Silvestre la apertura de su esperado concierto, que se promocionó como el lanzamiento de «La IX Batalla» en Barranquilla. El público, sobre todo el de palco, aceptó gustoso la variación del repertorio.

Sin embargo, en platino y graderías la situación no era la mejor a causa del sonido, que era apenas audible teniendo en cuenta las proporciones del evento. “No se escucha, no se escucha”, coreaban, entre uno y otro tema, como «Un amor verdadero» y «La ciquitrilla», del nuevo álbum.

Luego vino «Dile», de sus trabajos anteriores, y «A blanco y negro». “Barranquilla, soy todo tuyo”, gritó Silvestre, antes de regalar «El hit» y «Loco paranoico».

Fue entonces cuando vino un llamado de atención a los seguidores, que entre el cansancio y el problema de sonido, se apagaban por momentos. “Despierta, Barranquilla”, exhortó, y con «La varita de San José» volvió a levantar a su público, que dejó claro lo que representa el silvestrismo.

El cantante vallenato, siempre polémico, recalcó que “yo no me desgasto en el presente, sino en el futuro. Y el futuro son 10 años, 20 años…”, dejando por sentado que no le perturban demasiado las críticas que rodean su actitud, su forma de exponer el género del acordeón e incluso su capacidad musical, que acalló con una rotunda interpretación.

Serenata telefónica

Cuando llegó el tiempo de cantar «No me compares con nadie», un hecho despertó la atención de Silvestre. En medio del público de palcos, un hombre entonaba el tema a su celular. “¿Estás dedicando la canción?”, preguntó el intérprete, y al recibir una respuesta afirmativa, le pidió el teléfono al seguidor para dedicarle él mismo el tema a la exnovia del susodicho. “Ojalá no sea prepago”, bromeó el cantante, refiriéndose al plan del celular, debido a la duración de la llamada.

El repertorio siguió, solo alterado por una improvisada actuación del Palomo Dangond, padre del artista, con quien interpretó el clásico «No voy a Patillal», de Jorge Oñate.

Sillas alquiladas. Si bien las filas para el ingreso transcurrieron sin contratiempos, la disposición de sillas en el sector de platino protagonizó el lunar de la noche. Aquellos que lograban ingresar primero se hacían con grandes cantidades de sillas que terminaron alquilando, haciendo que otros, que también pagaron por los puestos, cancelaran, además, el derecho a sentarse, implícito en el valor de la boleta.

Andrea Jiménez J.
El Heraldo

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