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Juglares, pasado y presente

El historiador español Ramón Menéndez Pidal, en su obra “Juglares y poesía juglaresca”, nos ofrece una amplia radiografía de los juglares del viejo mundo que si bien es cierto sus primeros antecedente son germánicos, fue en Francia y España donde tuvieron mayor preponderancia desde los comienzos del siglo XII.

Fueron personajes que presentaban la vida literaria de las cortes y las plazas populares en una sucesión de escenas con plenitud de vida y que al igual que los romances estas manifestaciones eran de carácter oral, sin que se sintiera la necesidad de escribirla.

Los juglares eran profesionales del solaz y la alegría que divulgaban con su canto toda obra poética, noticias recientes, historias antiguas acreditadas y portadores de mensajes versificados o en prosa. Ellos representaron un poderoso órgano de propaganda social o política en su oficio de periodistas ambulantes y agentes de toda clase de publicidad. Esto nos da idea del ancho significado que contempla la palabra juglar, pero en términos generales podemos decir que eran unos alegradores de la vida.

En ese trajinar de corte en corte o en las plazas de los pueblos se podían encontrar juglares muy carismáticos o dignos, pero también muchos resultaban condenables por divulgar casos de corrupción o infidelidades que sometían a los implicados al escarnio público. Los había de diferente posición social y económica pero nunca fue la mendicidad una forma de vida de los juglares más pobres.

El juglar interpretaba, casi siempre acompañado de un instrumentos, obras de el o de otros autores pero ya hacia finales del siglo referido surgió en el sur de Francia la denominación de trovador para designar un poeta más culto no ejecutante. Esta distinción pronto ganó prestigio introduciéndose en otras lenguas, aludiendo expresamente al acto de la invención o creación artística.

El termino juglar fue adoptado en nuestro medio desde los inicios del siglo anterior para identificar aquellos personajes de vida aventurera y trashumante que con un acordeón al pecho iban por trochas, veredas y caminos reales a través de toda la comarca provinciana dando a conocer con sus primitivos cantos los sucesos ocurridos en su entorno. Realizaban largas corredurías a lomo de bestia, en canoas o a pie hasta los sitios más distantes para desahogar la necesidad espiritual de cantar y contar todo lo que trascendía y tenia importancia en la región. Era la época en que a falta de emisoras, diarios y teléfonos el canto vallenato surgió como una forma de comunicación llegando a ser considerado similar a un periódico cantado.

Nuestros juglares de antaño que tocaban y cantaban sus propias obras al hacer presencia en los centros urbanos y conocer la magia del disco alcanzaron alguna popularidad en las esferas más bajas de la población ya que la elite veía con recelo esa música perniciosa propia de borrachines y atorrantes, pero afortunadamente surgieron figuras de elevada condición social dotadas de un gran temperamento musical y poético y poco a poco fueron abriendo espacios importantes para el genero vallenato, que viniendo desde abajo, hoy en día tiene un encumbramiento propio de la luminarias de la farándula mundial.

En la evolución de la música y el relevo generacional de nuestro juglares, diferentes fenómenos de tipo cultural y social han hecho que en la actualidad la figura del juglar tradicional este fragmentada en tres elementos disímiles: el que compone, el que toca el acordeón y el que canta, pudiendo afirmar además que los medios de comunicación modernos acabaron con su función original, la de informar alegrándole la vida al pueblo.

Escrito por: Julio C. Oñate Martínez
Fuente: El Pilón

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